Dios es ese concepto que todo lo
desborda, o mejor aún, que desborda la totalidad de lo real, e inclusive de lo
irreal. Su contenido [el contenido del concepto, de la idea] refiere una
realidad que no se circunscribe a la realidad, la realidad que humanamente
podemos pensar e imaginar. Se trata de la idea absolutamente total, que implica
un infinito de entidades cuyas potencias se elevan al infinito; por eso
hablamos de un infinito que se cierra (y se abre) al infinito, infinitamente.
Así que, lo que se diga o se piense, o se imagine, lo que se quiera decir, es
ya, por definición, eso que no es Dios. Nuestro Dios, o nuestros dioses, no son
Dios. Y es que, si Dios es el infinito que se eleva al infinito, significa que
es Todo e incluso más allá de Todo, es decir, la totalidad como Uno, pero que
de ninguna manera es el Uno. En cuanto a cantidad, un infinito de atributos,
cuya potencia para cada atributo [en cualidad] es infinito. Así, Su poder sale
del Mundo y lo penetra Todo. Pero como nada escapa a eso; cada objeto, cada
hecho, cada pensamiento, cada partícula, cada micro-partícula; es ya, en sí
misma, parte de Dios, (no como parte, sino como un absoluto) aunque no agotando
jamás la unidad de su Esencia. Esencia y Existencia juntas en unidad, lo óntico
y lo ontológico, las dimensiones de lo posible, en vínculo interno e incluso
externo. Aunque no hay nada propiamente externo, cuyo despliegue depende de sí,
por sí y para sí. El núcleo de lo real en una realidad fuera de lo real. Por
eso, lo que se diga de Dios, será siempre lo infinitamente alejado, la
miniatura triste y cómica de capturar en un ícono la insalvable eternidad y la majestuosidad
de lo inasible. Lo Inefable por antonomasia, lo que para el ser humano sería el
Noúmeno por excelencia. Estas palabras, por esto mismo, suenan a vacuidad. Son
vacuidad. No dicen nada. Y es que, de todos modos, ningún texto lo podría decir.
La Palabra que lo enuncia, Dios, es justamente lo que no puede nombrar, lo que
no describe ni explica. Y es una pena, porque el hombre sólo cuenta con sus
palabras que representan el mundo de las ideas mortales y finitas de su
condición. Brillante y sombría condición. Mas no por ello habría que renunciar
a expresarlo, a decir el intento, precisamente porque expresar a Dios con una
imagen, con un conjunto de rasgos, sean los que sean, es ya un intento por
aprehender el Cosmos. Esa es la tragedia, pero también nuestra bendición más profunda.
Por eso, cuando hablamos de Dios, hablamos del hombre, de su interior, de su
mente. Nos reflejamos en Dios, o más bien Él se refleja en nosotros. Por eso Dios
se vuelve necesariamente fenómeno, apariencia, ídolo. Y al hacerlo, al
enunciarlo, lo que aparece es nuestro espectro, nuestros más profundos deseos,
nuestros miedos y lamentaciones. Deseo de ser lo que no somos, para llegar a
ser, curiosamente, lo que somos. Ciclo vital de esperanza y desesperanza, donde
hay designio y despropósito.
Dios, la Palabra y
el Ser que no se reducen al Ser: lo que hay, lo que hubo y lo que habrá. El
Todo, el Uno. Dios, en este sentido, No Es. Pues el Todo que forma parte de Él [o de Eso] sufre la pesadilla del tiempo. Del
otro lado del tiempo, la eternidad, la absoluta y eterna eternidad; en itras
palabras, la Nada. Esta es la razón por la cual, al hablar de Dios, tenemos que
vérnosla con la Nada que, al fin y al cabo, van de la mano: son lo mismo, lo
Uno y lo Mismo. De ahí que resulten aterradoras las palabras de Wittgenstein: “de
lo que no se puede decir, es mejor callar”. Dios, entonces, es el Silencio
Primordial, la Nada absoluta. La eternidad infinitamente infinita. Eso que lo
abarca y desborda (y penetra, y configura) todo. Simple y llanamente,
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