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martes, 30 de junio de 2026

(des) decir algo de Dios


Dios es ese concepto que todo lo desborda, o mejor aún, que desborda la totalidad de lo real, e inclusive de lo irreal. Su contenido [el contenido del concepto, de la idea] refiere una realidad que no se circunscribe a la realidad, la realidad que humanamente podemos pensar e imaginar. Se trata de la idea absolutamente total, que implica un infinito de entidades cuyas potencias se elevan al infinito; por eso hablamos de un infinito que se cierra (y se abre) al infinito, infinitamente. Así que, lo que se diga o se piense, o se imagine, lo que se quiera decir, es ya, por definición, eso que no es Dios. Nuestro Dios, o nuestros dioses, no son Dios. Y es que, si Dios es el infinito que se eleva al infinito, significa que es Todo e incluso más allá de Todo, es decir, la totalidad como Uno, pero que de ninguna manera es el Uno. En cuanto a cantidad, un infinito de atributos, cuya potencia para cada atributo [en cualidad] es infinito. Así, Su poder sale del Mundo y lo penetra Todo. Pero como nada escapa a eso; cada objeto, cada hecho, cada pensamiento, cada partícula, cada micro-partícula; es ya, en sí misma, parte de Dios, (no como parte, sino como un absoluto) aunque no agotando jamás la unidad de su Esencia. Esencia y Existencia juntas en unidad, lo óntico y lo ontológico, las dimensiones de lo posible, en vínculo interno e incluso externo. Aunque no hay nada propiamente externo, cuyo despliegue depende de sí, por sí y para sí. El núcleo de lo real en una realidad fuera de lo real. Por eso, lo que se diga de Dios, será siempre lo infinitamente alejado, la miniatura triste y cómica de capturar en un ícono la insalvable eternidad y la majestuosidad de lo inasible. Lo Inefable por antonomasia, lo que para el ser humano sería el Noúmeno por excelencia. Estas palabras, por esto mismo, suenan a vacuidad. Son vacuidad. No dicen nada. Y es que, de todos modos, ningún texto lo podría decir. La Palabra que lo enuncia, Dios, es justamente lo que no puede nombrar, lo que no describe ni explica. Y es una pena, porque el hombre sólo cuenta con sus palabras que representan el mundo de las ideas mortales y finitas de su condición. Brillante y sombría condición. Mas no por ello habría que renunciar a expresarlo, a decir el intento, precisamente porque expresar a Dios con una imagen, con un conjunto de rasgos, sean los que sean, es ya un intento por aprehender el Cosmos. Esa es la tragedia, pero también nuestra bendición más profunda. Por eso, cuando hablamos de Dios, hablamos del hombre, de su interior, de su mente. Nos reflejamos en Dios, o más bien Él se refleja en nosotros. Por eso Dios se vuelve necesariamente fenómeno, apariencia, ídolo. Y al hacerlo, al enunciarlo, lo que aparece es nuestro espectro, nuestros más profundos deseos, nuestros miedos y lamentaciones. Deseo de ser lo que no somos, para llegar a ser, curiosamente, lo que somos. Ciclo vital de esperanza y desesperanza, donde hay designio y despropósito.

Dios, la Palabra y el Ser que no se reducen al Ser: lo que hay, lo que hubo y lo que habrá. El Todo, el Uno. Dios, en este sentido, No Es. Pues el Todo que forma parte de Él  [o de Eso] sufre la pesadilla del tiempo. Del otro lado del tiempo, la eternidad, la absoluta y eterna eternidad; en itras palabras, la Nada. Esta es la razón por la cual, al hablar de Dios, tenemos que vérnosla con la Nada que, al fin y al cabo, van de la mano: son lo mismo, lo Uno y lo Mismo. De ahí que resulten aterradoras las palabras de Wittgenstein: “de lo que no se puede decir, es mejor callar”. Dios, entonces, es el Silencio Primordial, la Nada absoluta. La eternidad infinitamente infinita. Eso que lo abarca y desborda (y penetra, y configura) todo. Simple y llanamente, la Vacuidad absoluta de la Palabra Humana.


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